El extranjero se pregunta: ¿acaso nuestro deseo de buscar lo que nunca encontramos se convirtió en la pérdida de lo que realmente nos sostenía, en nombre de promesas de plenitud?








La decisión de migrar responde a una pluralidad de factores —económicos, sociales, afectivos, políticos, de seguridad, de bienestar o ambientales— y compromete un proceso de ruptura. La experiencia migratoria no se reduce únicamente a la pérdida de lo que se poseía; implica también la confrontación con aquello que nunca llegó a constituirse o a ser plenamente reconocido.
Esta serie fotográfica propone una reflexión sobre la pérdida y el deseo a partir de la condición migrante, entendida como una interrupción del continuo espacio-simbólico. Los espacios representados funcionan como dispositivos de espejo y extrañamiento: no son lugares de acogida, sino superficies que fragmentan al sujeto. En estas configuraciones, el extranjero se enfrenta a la discontinuidad de sus vínculos más íntimos, así como a la disolución de las relaciones que estructuraban su vínculo con el mundo.
El desplazamiento implica, además, una puesta en tensión de la identidad. El sujeto migrante se ve llevado a ocultar, ajustar o transformar sus gestos, sus modos de expresión e incluso su lengua materna, que dejan de corresponder plenamente al nuevo contexto sociocultural. El término extranjero proviene del francés antiguo estrangier (hoy étranger) extraño, subrayando así una condición fundamental de alteridad.
Desde este lugar, la presencia del extranjero parece desfasada respecto al tiempo y al espacio que habita. Las barreras, tanto materiales como simbólicas, persisten, y este desfase no desaparece por completo, incluso cuando el sujeto logra inscribirse de manera funcional en su nuevo entorno.