En su relación con el objeto se percibe una ternura digna: a lo desechable, condenado al olvido por el consumismo, le concede en Los desconocidos los gestos rituales del entierro. Flotando en pequeñas cajas blancas sobre la tierra removida, un lápiz, una colilla o una bombilla rota están listos para ser enterrados. Este desfase nos hace tomar conciencia de la pérdida de los afectos en nuestro vínculo con los objetos cotidianos, en beneficio de una relación puramente utilitaria.
Nathan Magdelain











Frente a la cantidad de desechos producidos en la actualidad, resulta relevante pensar por qué cada día producimos más basura, adquirimos y poseemos infinidad de objetos que realmente no necesitamos, para después querer deshacernos de ellos. Parece que actuáramos de manera involuntaria al sentir que las cosas ya no son bellas, que no nos atraen, que ya perdieron su encanto, que ya no sirven; que perdimos la emoción. El sistema nos dice: puedes estar más cómodo, puedes verte mejor, puedes llegar más rápido, puedes ser más eficiente, puedes ser aceptado, y con estas ideas modificamos los objetos que empleamos en el día a día de nuestra vida personal y en el trabajo, aún si hemos establecido un vínculo emotivo con ellos.
Pareciera, pues, que la utilidad de nuestros objetos está determinada por otras variables estéticas y sociales que nos arrojan a la sin salida de hacerlos desaparecer. El problema de la obsolescencia actual de los objetos no sólo radica en el daño causado al medio ambiente - que por sí solo ya es bastante grave -, sino también en la ruptura de lo que por generaciones constituyó la base de la identidad y la Historia, la construcción de nuestra memoria material.